Capítulo III
El invierno que no entraron encargos
El invierno del que nadie habla duró catorce meses. Se marcharon los que podían marcharse y el taller se quedó con más bancos vacíos que ocupados. El maestro llegaba igual: a las siete, con el mismo abrigo y el mismo café frío a media mañana. Encendía la luz de todo el taller aunque solo fuese a usar una mesa.
Alguien le preguntó una vez por qué gastaba en luz lo que no entraba en encargos. Se encogió de hombros y dijo que un taller a oscuras parece un taller cerrado, y que a los talleres cerrados no llama nadie. Luego siguió puliendo una pieza que ningún cliente había pedido.
Los que se quedaron aprendieron ese invierno más que en cualquier otro año. No porque hubiera tiempo, que lo había, sino porque el maestro trabajaba como si el trabajo fuese a volver al día siguiente. Y una mañana de marzo, sin avisar, volvió.
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